miércoles, 8 de febrero de 2017

Justicia social en las fronteras



Desde que analizo el tema de las fronteras de la persona, no dejo de pensar en el sinnúmero de situaciones que en Colombia limitan el logro de una vida floreciente y plena para muchas personas, poblaciones enteras, que se enfrentan a múltiples injusticias que obstaculizan la posibilidad de vivir a plenitud.

Durante muchos años, personas de distintas regiones de Colombia, se han enfrentado contra la exclusión, a un sin fin de situaciones que las han alejado del desarrollo, de las oportunidades y de los bienes que permiten el desarrollo de sus capacidades.

La corrupción, la politiquería, el clientelismo, entre otros fenómenos, han condenado a una inmensa población colombiana a vivir por fuera de los beneficios y privilegios que supone la existencia del Estado Social. La situación es desoladora en muchos rincones del país, tanto que pone en entredicho la existencia del Estado, de instituciones que contribuyan a hacerlo posible. Lo acuciante de toda esta situación, es que la justicia social, concebida como una obligación del Estado y de sus instituciones, no alcanza a muchos ciudadanos, no alcanza la capacidad de transformación de los límites en posibilidades de la ciudadanía para participar en las distintas facetas de la vida.

Es palpable que las injusticias causadas por los distintos actores, han truncado las posibilidades para la participación ciudadana en los diferentes ámbitos de la vida del país. El hecho de que la Constitución declare la existencia de un Estado social, no es óbice para afirmar que este sea una realidad en Colombia, pues mientras el texto constitucional es rico en declaraciones, el escenario resulta injusto y excluyente en muchos rincones donde el Estado es ausente, insensible frente a las expectativas y a las necesidades de la gente.

Tzevetan Todorov pensaba en la necesidad de una justicia social que haga más llevadera la vida de la gente. Esta idea traída a las particularidades del Estado colombiano, un Estado que impone bordes por doquier, fronterizo en las fronteras de la vida, invita a mirar aquellas situaciones límites que afrontan muchos ciudadanos en todo el territorio colombiano. Desigualdad, pobreza, violencia de género, discriminación, falta de oportunidades, exclusión social, entre otros, son fenómenos que mantienen en suspenso el carácter –democrático– que solemos adscribir al Estado colombiano.

Por un lado, se profundizan las injusticias que limitan la posibilidad de una vida floreciente, por otro se exacerban las fronteras de las personas, condenándolas a una vida dependiente, pasiva y desgraciada. Muchos colombianos transitan alrededor de estas fronteras, sin hallar respuesta a sus demandas.

Esta es una de las grandes deudas que imponen un reto enorme a Colombia. Saldar muchos años de injusticias contra un sinnúmero de ciudadanos que han vivido por fuera de las posibilidades, de las oportunidades, del acceso a prestaciones, sin la posibilidad de cultivar sus capacidades, excluidos del reconocimiento de su igual dignidad. Este reconocimiento es un deber inaplazable, exige un gran compromiso de las instituciones haciendo frente a aquellas prácticas que dejan por fuera a la ciudadanía de los bienes y servicios del Estado, promoviendo la justicia social mediante el fomento de las capacidades en las personas excluidas y generando espacios de inclusión y de participación ciudadana.

lunes, 23 de enero de 2017

Derechos humanos, construcción de paz y capacidades


En el 2016 fuimos testigos de un evento histórico: la firma de la anhelada paz, de la paz que ha de germinar de los suelos del país, del interior de todos los colombianos.

La perspectiva que debe imprimirse dentro de este proceso no puede ser improvisada, sino aquella que sea coherente con la construcción de un nuevo país, en el que cada colombiano sea reconocido en pie de igualdad, y que se le brinde las mismas posibilidades, garantías y mecanismos para hacer realidad sus sueños y esperanzas.

Sin duda toca poner en orden la casa, debemos poner en orden la realidad de compartir un territorio, pero en el que no nos implicamos, no nos reconocemos mutuamente dignos, ni trabajamos por un propósito común. Una nueva dinámica que abone el terreno para el logro de un país con una ciudadanía consciente de compartir una misma historia, y que debemos trabajar mancomunadamente para hacer posible la convivencia, a través del respeto por el derecho ajeno, el ejercicio de la tolerancia y de la afirmación de nuestras diferencias.

Poner en ejercicio el marco de las capacidades y la política de la afirmación de la diferencia, brindaría una forma sensata de darle un norte a la idea de nación, que a la vista resulta líquida, desoladora, sin prometer una idea de esperanza a la ciudadanía. Por ello, resulta crucial el actual momento histórico, porque más allá de la firma de la paz, es el momento de dejar a un lado nuestras diferencias, nuestra individualidad egoísta, y ponernos en sintonía con la necesidad de la apertura al diálogo, al encuentro y a las conversaciones que promuevan la superación de los bordes que han impedido que Colombia se desenvuelva dentro de un ambiente de cordialidad y libertad.

Debemos ser conscientes que para lograr el país que anhelamos, resulta necesario mirar en perspectiva, y que si los errores institucionales, gubernamentales han causado hondas fisuras, nos corresponde extender los brazos, apretar las manos y no dejar que el puente de la paz cordial se debilite y volvamos a caer al abismo del desprecio y de la incomprensión.

El sueño de la paz no puede ser tomado con desdén, en este momento histórico no resulta sensato afirmar que no nos compete. Esta indiferencia es combustible para el conflicto, para que algunos continúen justificando la guerra por encima de la anhelada paz.

La construcción de la paz inicia con el respeto y garantía de los derechos humanos, reconociendo la importancia de la vida humana y el valor de cada experiencia del individuo, con la apertura a las posibilidades para que cada ciudadano en Colombia tenga acceso a la calidad de vida, como aspecto focal del enfoque de las capacidades relativo a la igualdad de oportunidades donde cada persona pueda hacerse cargo de su vida, de sus emociones, de su propia historia. Para que la paz sea una meta alcanzable resulta imperioso promover la justicia en aquellas poblaciones que han estado marginadas, oprimidas, deshumanizadas y apartadas de las oportunidades que hacen posible el igual desarrollo de sus capacidades, la vida en sociedad y lograr una vida próspera y feliz.

Si dentro de un escenario de posconflicto no se trabaja por consolidar la paz desde esta perspectiva, se habría desperdiciado un trabajo muy significativo para avanzar hacia otro escenario. Ese escenario al que aspiramos los colombianos, un escenario de desarrollo, de respeto a los derechos, de transformaciones, de oportunidades, de equidad y de justicia social.

jueves, 12 de enero de 2017

Universidad y transformación en la Región Caribe

Es interesante la dinámica que se puede apreciar en la gran mayoría de las ciudades estadounidenses donde la universidad, enclavada en la ciudad, se constituye en eje de las principales transformaciones. La idea de transferencia de conocimiento, de modernización, de movilidad, de cultura, entre otros aspectos, se hace más visible desde la universidad hacia la comunidad y la ciudad donde esta radica.

La universidad trasciende convirtiéndose en agente de cambio, de transformación y progreso. En esta dinámica la universidad, fiel a sus principales objetivos, establece relaciones con los distintos sectores de la ciudad, uno de ellos, el sector político. 

En la Región Caribe esta relación debería generar una sintonía para una retroalimentación conjunta dirigida a la búsqueda de soluciones a las principales demandas sociales en un determinado espacio territorial. Demandas sociales en temas de justicia, de desarrollo humano, desarrollo económico, medio ambiente, etc.

Sin embargo, hay que cuidar que dicha relación no se convierta en un sistema de dependencia, pues en este caso la universidad pierde autonomía, objetividad y su perspectiva crítica frente a las injusticias que enfrenten los distintos sectores de la sociedad.

De ahí que resulta necesario que las universidades, especialmente las departamentales, asuman su rol como agentes de transformación en las distintas esferas. Desde esta perspectiva, el rol de la universidad abarca no sólo el escenario estrictamente académico, también debe impactar el social en general, de cara a promover los cambios sustanciales que satisfagan las principales demandas sociales. Por ello resulta necesario que las universidades departamentales focalicen su actividad investigativa en aquellos aspectos característicos de su entorno, o en los distintos problemas que impiden o dificultan la materialización de la justicia, la satisfacción de las necesidades de la población y el empoderamiento de la ciudadanía.

El fundamento de las universidades en cada uno de los departamentos de la región, tendrá que basarse en la creación o fomento de las capacidades de la ciudadanía. Más allá de la expedición de títulos, la universidad deberá poner toda su atención en el desarrollo de propuestas teóricas conectadas a la realidad social y a los problemas de la gente, en la búsqueda y diseño de mecanismos para transformar situaciones de injusticia en escenarios de inclusión y de empoderamiento de la ciudadanía, y para la superación de las brechas sociales producto de una débil responsabilidad por la justicia, de la insensibilidad social, del poco compromiso de las instituciones competentes y de la ausencia de respeto a la igual dignidad humana.

En tiempos donde los actores no asumen una responsabilidad clara, en tiempos en el que aún persisten injusticias, la universidad es un instrumento fundamental para que, desde una perspectiva crítica, asuma un rol preponderante dentro del logro de la justicia social a través de la fundamentación de los derechos, mediante el diseño de propuestas para el desarrollo y el fomento de las capacidades de la ciudadanía. En esta orientación, la universidad ha de convertirse en un agente de cambio, brindando elementos para la generación de transformaciones que hagan posible la vida social, la dinámica económica y política que se desenvuelve dentro de su entorno. Las universidades de la Región Caribe tienen una gran deuda!